Lifestyle

Un dentista atendió mi divorcio

Golpeteó la zona con su espejo diminuto. “¿Aquí?”, me preguntó, al tocar la nada donde alguna vez hubo un hueso sano.

“Sí”, respondí. Sentí cómo brotaban las lágrimas. “Justo ahí”.

Mi niñez estuvo plagada de miedos y pérdidas relacionados con problemas de la boca: caries, bruxismo, espacios irregulares, varios molares faltantes que, según me dijo en broma un dentista, me volvían espectacularmente evolucionada o prehistórica. Pero lo peor de todo fueron los canales adicionales en mis raíces. La mayoría de los dientes tienen uno. Los molares a menudo tienen dos. Tres son inusuales y cuatro, como yo tengo, son todavía más raros.

Una endodoncia que tuve a mis veintitantos años se complicó cuando un dentista no logró encontrar varios canales y, exasperado, renunció a la mitad del procedimiento. Esto se tradujo en pérdida de hueso alrededor de ese diente en mis treinta y tantos, y una excavación del molar a los 40 años. Con el tiempo, se tuvo que implantar un perno de titanio en mi hueso y meter a la fuerza un diente falso, una corona de porcelana. Fueron varias visitas a lo largo de varios meses y, después del parto, lo más doloroso que había experimentado.

El consultorio donde trabaja mi dentista se encuentra en una plaza concurrida del centro de Manhattan, en el piso 18. Recostada en el océano de zumbidos anestésicos del consultorio, no sabía cómo iba a hacer para pararme de la silla. No podía imaginarme el viaje de 45 minutos en metro a casa, el girar la llave para abrir la puerta de mi casa, el vacío con el que me iba a encontrar ahí.

Entonces, mi dentista, como si estuviera viendo un corto de mi mente, se quitó las dos capas de mascarillas y dijo: “Escúchame”. Para mi sorpresa, tenía el rostro lleno de piel. “Mi esposa nos dejó a mí y a mis hijos cuando ellos tenían 2 y 4 años”. Hubo una larga pausa. “Luego murió”.

Me quedé viéndolo. Había conocido a sus dos hijos, ahora adolescentes, en su consultorio. Su foto estaba encima de nosotros en la pared.

“Pensé que yo también me moriría”, me contó. “Pero no fue así. Tomé un inhibidor de serotonina durante un año y me ayudó a superarlo. Pude levantarme por las mañanas. Pude caminar para salir a trabajar”.

Show More

Related Articles

Back to top button